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Jueves, 11 Febrero 2016
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¿CAPRICHO O NECESIDAD?

Los kilos y la celulitis siempre sobran, mientras que otros atributos generalmente faltan. Todo esto, según los cánones de belleza establecidos por esta sociedad. El punto es que muchos sienten que necesitan un retoque. Al parecer, quedarse como Dios nos trajo al mundo, cada vez se usa menos.

María José, 24 años:

“En el colegio desde chica siempre me molestaban y me decían ‘la tucán’. Nunca le di tanta importancia, porque pensaba que era un juego de niños. Fueron pasando los años y, cuando tenía 15, en una fiesta una amiga me confesó que los hombres me decían ‘la roba oxígeno’. Ese día cambió todo lo que pensaba sobre mí. Me traumé y fui al doctor a ver si podía encontrar alguna solución para este accesorio que llevaba en mi cara.

No es algo que recomiende a cualquier persona, porque realizarse un cambio en la cara requiere de un largo proceso de aceptación. Sin embargo, no me arrepiento. Me operé a los 16 con el apoyo de mi familia y hoy me siento más segura y feliz”.

Fernanda, 22 años:

“Siempre tuve unas pechugas enormes. Sentía que la gente se fijaba y que a los hombres siempre se les iban los ojos a esa parte de mi cuerpo.

Cuando eres chica, ser la primera en usar sostenes o desodorante no es un plus ni te hace ser la más bacán.

Al revés, me sentía con un cuerpo muy desarrollado para mi edad. Cuando cumplí 18, les pedí a mis papás si podía sacarme pechugas y ellos me apoyaron. Mi mamá también se había quitado cuando joven, y le había resultado bien.

Cuando uno es más chica, a veces no entiende que no tenemos que ser todas iguales y que las diferencias pueden ser un atributo de exclusividad y belleza. Me encantaría retroceder el tiempo y haber tomando esa decisión con más calma, con más seguridad personal y no tanta presión social. Pasé de ser ‘la pechugona’ a ‘la tabla’”.

Anita, 23 años:

“Me encanta cocinar y comer. Con el tiempo he ido aprendiendo a alimentarme de manera mucho más sana, pero cuando estaba en el colegio pasaba todo el día metida en el quiosco comiendo alfajores y ramitas.

Igual que todos los veranos, nos fuimos al campo de mis abuelos. Yo tenía 16 y un primo chico me preguntó si podíamos bañarnos juntos en la piscina. Lo encontré tierno, hasta que supe sus verdaderas intenciones. Me estaba utilizando, porque se sentía más seguro conmigo. Me dijo que era ‘igual a un flotador’. ¡Casi me muero! Lo que nadie me había dicho, me lo refregó en la cara un niño de 6 años. ‘Los niños no mienten’, esa frase me pesaba más que mis kilos, así que le rogué a mis papás que me pagaran una parte de la cirugía. A los 19, cuando ya había logrado ahorrar un poco, fui al doctor y me aprobaron la operación. Hoy día me siento mucho mejor y fue un incentivo para empezar a comer más sano. Igual todavía no logro convencerme. Quizás con mucha fuerza de voluntad también hubiese podido estar como hoy”.

‘Pucha que se dejó estar’, ‘tan porfiadita de cara que salió’, son los clásicos comentarios de la sociedad hacia aquellos que no nacieron tan agraciados o no cumplen con los estándares de belleza tan rígidos que se han implantado. Es por eso que se debe tener ojo a la hora de tomar grandes decisiones, teniendo en cuenta que la belleza no es específicamente perfección y que los atributos distintivos hacen de las personas alguien especial. Las diferencias logran que destaquemos y nos caractericemos por nuestras cualidades. Por lo tanto, es clave que si los cambios a nuestro cuerpo se convierten en una necesidad, nos dejemos aconsejar y guiar de personas que nos quieran y que tengan experiencia en la vida, para dar el gran paso.

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